Una Hermandad franciscana y naval
 
 

por Fernando Mósig Pérez

   
  6.2. El Cristo de la Expiración.
 

El Cristo de la Expiración fue realizado en 1788 por José Tomás de Cirartegui Saralegui, natural de Tolosa (Guipúzcoa), oficial de escultura del Arsenal de La Carraca , yerno y discípulo de Samuel Howe, el maestro mayor de escultura de ese complejo industrial naval. Cirartegui lo talló contando 33 años. Es su primera obra documentada, por el momento. La imagen fue realizada por encargo de fray Manuel Delgado, religioso franciscano del hospicio isleño, y costeada con las limosnas de los fieles.

El autor de la sagrada efigie es revelado en un historial de la Hermandad redactado en el año 1800. Este valioso documento sigue siendo el único que se refiere a esta autoría y ha sido durante mucho tiempo la única referencia conocida a la existencia de este imaginero tolosano que trabajaba en La Carraca. Por su importancia e interés, lo transcribimos a continuación, quizá por primera vez:

“En la Real Isla de Leon en el Año del Señor de mil setecientos noventa y seis, governando la Nave de San Pedro Nuestro Santisimo Padre el Señor Pio Sexto, en el Reynado de nuestro Catholico Monarca el Señor Don Carlos Quarto, siendo Obispo de esta Diocesis de Cadiz el Ilustrissimo Señor Don Antonio de la Plaza , y Prelado de esta Iglesia Castrense y Hospicio de Nuestro Padre San Francisco el M. R. P. Fray Diego de León, Predicador general y ex Difinidor de esta Provincia de Andalucia.

Haviendo en dicha Iglesia una sagrada imagen de Christo Crucificado con la advocación de Espiracion, hecha a devoción del Padre Fray Manuel Delgado, Predicador General, Cura Párroco de esta Iglesia Castrense y Examinador Synodal del Obispado de Cordova, el que con las limosnas que adquirió entre los bienechores satisfizo al escultor que la hizo, y fue D. Joseph Sirartegui, Maestro de dicha facultad en el Real Arcenal de la Carraca , (y como lo que adquiere el Monge es del Monasterio) se le confirió al Prelado y Comunidad de dicha iglesia el uso y propiedad de la sagrada imagen en el año de mil setecientos ochenta y ocho” (sic).

 
El Cristo de la Expiración fue tallado en 1788, último año del reinado de Carlos III, por José Tomás de Cirartegui Saralegui.
 

La descripción que hace Antonio Alías de este Cristo que exhala su último suspiro, su postrer hálito de vida, es magnífica: “El señero expirante de la Isla muestra con gran acierto el momento sublime en que Cristo entrega su espíritu. El grito postrero del Señor ha sido captado genialmente en la expresión dolorida de su rostro, con grandes ojos negros y dientes tallados en marfil que aportan gran verismo a su boca, de marcado rictus amargo. El pelo está tallado con gran minuciosidad, coronando una anatomía genial de elegante y clásico escorzo”.

Los expertos y la prensa local se han referido sin rodeos a este Cristo “como el más perfecto de los que desfilan” en la Semana Santa isleña. Ya en 1919: “cuya escultura es siempre admirada por su gran mérito artístico”.

La indudable calidad artística de la sagrada imagen invita a suponer que no se trataba de la obra de un primerizo, sino que hubo otras antes que le sirvieron de aprendizaje y le dotaron de la maestría que ya demuestra en esta efigie. En efecto, se ha señalado que no era posible que su factura fuese realizada por un maestro de mascarones, puesto que es una talla de gran valor, y los mascarones de proa del XVIII eran más bien bastos, lo que no es el caso de la admirable talla de este expresiva imagen cristífera. Esta opinión no hace más que aquilatar el valor artístico de la talla y la maestría de su autor, Cirartegui, cuyas dotes sobrepasaban las de un mero maestro de mascarones.

La imagen deja entrever el estilo genovés que, sin duda, habían aprendido y asumido los imagineros del Arsenal. Así que es razonablemente admisible que la fuente de inspiración de Cirartegui fueran lógicamente las obras genovesas tan abundantes en Cádiz y ciudades de su bahía, con las que tuvo que estar familiarizado bien mediante la contemplación directa, bien a través de estampas o grabados. En este sentido, según las espléndidas y perspicaces investigaciones de Jesús Garrido Pérez, el Crocifisso tallado por Domenico Bissoni, venerado en el oratorio de San Juan Bautista y la Santísima Trinidad de la ciudad de Ovada (Monferrato, Alessandria, Italia), es una imagen a tener en cuenta a la hora de buscar las fuentes de inspiración cirarteguianas para el Cristo de la Expiración.

   
José de Cirartegui, guipuzcoano de Tolosa, era escultor en el Arsenal de La Carraca y realizó la imagen contando 33 años, siendo la primera de sus obras documentada.
 

Pero, por otro lado, el que un vasco demostrara conocer igualmente el estilo de la escuela andaluza de imaginería barroca es en principio llamativo. Pero no tanto si pensamos en el magnífico y portentoso Cristo de la Agonía venerado en la iglesia parroquial de San Pedro, de Vergara (Guipúzcoa), una de las esculturas más sobresalientes del arte barroco español, obra maestra del cordobés Juan de Mesa que lo talló en 1622 por encargo de Pérez de Irazábal.

¿Llegó a conocer el guipuzcoano Cirartegui en su infancia o juventud esta perfecta obra cumbre producida por el discípulo de Montañés que se veneraba en su tierra? Apenas 40 km separan Tolosa de Vergara. Y obviando las insalvables distancias artísticas, la postura y el ademán de la imagen de Cirartegui son muy parecidos a los de la imagen mesina: el escorzo de la cabeza, la boca abierta, la mirada suplicante a lo alto, las cejas elevadas, el dramatismo de la patética expresión, la posición de las piernas... Pareciera como si Cirartegui se nos muestra obsesionado con el Cristo guipuzcoano de Mesa. ¿Se inspiró el tolosano en el mismo para su Cristo de la Expiración?

 
El Cristo de la Expiración venerado en la capilla del Hospital de San José
pudiera ser, según los entendidos, el boceto de la talla cirarteguiana.
Crocifisso de Doménico Bissoni venerado en Ovada (Monferrato, Italia),
imagen que recuerda vivamente al Cristo de la Expiración.
 

El boceto de la imagen del Cristo de la Expiración pudiera ser, en el sentir de muchos entendidos, la pequeña efigie del mismo título que se veneró en altar propio en la capilla del antiguo Hospital de San José durante dos siglos y que actualmente puede contemplarse todavía presidiendo la capilla del nuevo Hospital. Esta imagen ya es citada en documentos de finales del Setecientos. Las fuentes consultadas la ponderan como efigie meritoria y digna de aprecio. Antiguamente lucía potencias de plata, costeadas con limosnas recogidas entre los fieles.

En la primera junta celebrada el 25 de febrero de 1796 se expuso ya la conveniencia de que, para “mejor éxito y gobierno de esta santa hermandad”, la comunidad franciscana cediera la imagen del crucificado tallado por Cirartegui. El padre Delgado informó que, en efecto, estaba facultado por el presidente del hospicio, fray Diego de León, para hacer dicha cesión a la naciente Hermandad “en razón a los muchos hermanos que se habían reunido para continuar sus cultos”. Así pues, en esa primera junta quedó formalizada la cesión de la imagen a favor de la asociación recién fundada. Desde entonces, el Cristo de la Expiración pertenece a la Cofradía.

No tenemos noticias de restauraciones o intervenciones de la imagen hasta 1824, lo que no quiere decir que no las hubiera. En ese año, sabemos que la Hermandad desembolsó 40 reales “por retocar el Crucifixo” (sic). Desconocemos el nombre del retocador.

 
Otro referente que Cirartegui pudo tener en cuenta fue el Cristo de la Agonía, obra de Juan de Mesa, venerado en Vergara (Guipúzcoa).
La propiedad del Santo Cristo fue cedida a la Hermandad por los religiosos franciscanos del hospicio isleño en 1796.
 

Según el inventario de 1796, el Cristo de la Expiración estaba colocado en una capilla del lado de la epístola, sobre una repisa o mesa de altar de madera pintada, cubierto con un pabellón de damasco y, en la pared, un paño de corte. Tenía entre sus modestos enseres tres potencias de plata (donadas antes de la fundación por el que sería mayordomo Mateo de Barrios), un I.N.R.I. de madera; dos sudarios (“toalla”, les denomina el inventario), uno de holán clarín bordado de colores y guarnecido de encajes de Flandes (que fue donación del general Cárdenas y su esposa), otro de estopilla usada; además de varios lazos de colores para adorno del sudario, así como ramos de flores.

Las pertenencias de la imagen del Cristo aumentaron considerablemente en los dos primeros años de vida de la Hermandad. Según el inventario de 1800, tenía: un I.N.R.I. de plata con letras sobredoradas y dos clavos de hierro con la cabeza de plata para sujetarlo, todo ello donado por don Miguel Orozco; tres sudarios: 1) uno de muselina con las puntas bordadas de oro y guarnecido de flecos de oro, 2) otro también de muselina con las puntas bordadas de plata y guarnecidas con flecos de plata, 3) un tercero de estopilla bordada de blanco; cuatro cordones para los sudarios: uno de hilo de oro con borlas de lo mismo, otro de plata, otro de oro y seda verde, y el último de seda dorada. Los sudarios, menos el de estopilla, y los cuatro cordones fueron donados por don Pedro de Cárdenas y su mujer doña Juana Mendinueta. El sudario de estopilla bordado de blanco fue donación de doña Magdalena Fontaut (Fontao?), la primera camarista.

El Cristo no tenía aún la corona de espinas de plata que hoy día posee. Esta sería donada a mediados del siglo XIX por unas acaudaladas devotas isleñas.

 
Ir a la página siguiente.
Volver al Índice de historia de la Hermandad de la Expiración.