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Mucho se habla sobre el nivel que tiene la Semana Santa
y el fenómeno cofrade en general en nuestra ciudad. "La Isla,
ciudad cofrade" ... ¿pero es cierta esta consigna, tan machaconamente
repetida?; cierto es que suena un tambor y allá que van muchos,
pero ... ¿y cuándo el que llama es el cobrador o para postular?
Analizando la economía de las hermandades isleñas,
llegamos a la conclusión de que, en la mayoría de los casos,
la situación es preocupante. Las cuotas que se cobran en la actualidad
no se corresponden con el nivel de vida de estos comienzos del siglo XXI,
y eso que San Euro las subió encubiertamente en la mayoría
de nuestras corporaciones. No se atiene a la lógica que estas particulares
asociaciones de la Iglesia que, por definición, son en Andalucía,
escaparate de pompa y barroca ostentación, subsistan con unas aportaciones
tan ridículamente escasas.
Surgen voces que alegan lo contrapoducente de elevar dichas
cuotas, lo cual evidencia que San Fernando no es tan capillita como se
presupone y pregona. Hay que ser conscientes de que la "fiebre cofrade"
en muchos isleños sólo dura una semana (a veces ni eso,
no más de una noche), menos áun si se toca el bolsillo del
interesado. La apatía es generalizada y casi forma parte de la
idiosincrasia de los habitantes de esta ciudad.
Parejo a este fenómeno (y consecuencia o causante)
es el oscurantismo que rodea todo lo relacionado con la economía
cofrade. Rara es la hermandad que informa detalladamente a sus hermanos
de las cuentas anuales. Incluso alguna hay que ni cabildo de cuentas convoca.
Se aduce por parte de los mandamases cofrades que la asistencia e interés
de los hermanos es nula, lo cual no es ni puede ser excusa válida.
Las cofradías no sólo han de ser honradas, han de parecerlo.
Nadie ve el Debate de Presupuestos del Estado, pero es una obligación
del Gobierno de la Nación; en las juntas de accionistas, a los
que no asisten se les facilita posteriormente un extracto de la misma
y un desglose de los ingresos y gastos de la sociedad. Ya sea por boletín
o carta, los hermanos tienen derecho a saber cómo y en qué
se invierten sus aportaciones.
Retomando la cuestión de los ingresos, debemos
ser conscientes de que los ordinarios apenas alcanzan para pagar los cuantiosos
gastos que conlleva la salida procesional, más la casa de hermandad
y/o almacén. Restemos también un mínimo de 10% para
obras de caridad y, como regalito con el nuevo Reglamento, el impuesto
revolucionario del 8% para los pobres curas del Obispado (que no curas
pobres).
A partir de los 700 u 800 hermanos se logra cierta solvencia
económica, aunque un desembolso extraodinario (casa de hermandad,
pasos nuevos o estrenos de gran importancia), torna de nuevo en precaria
la situación. Junto a la necesaria subida de cuotas (revisables
anualmente con el IPC), deberían tomarse otras medidas encauzadas
a una contención del gasto, entre ellas la sustitución de
la figura del cobrador por la domiciliación bancaria, prescindir
del (usualmente) hortera merchandising cofrade (más deficitario
que productivo) y eliminar el despilfarro en lo fungible y perecedero.
El enriquecimiento perdurable del patrimonio artístico ha de ser
objetivo prioritario, crematísticamente hablando.
La situación actual es difícilmente sostenible
a largo plazo. La secularización e indiferencia religiosa es un
hecho en progresión y sin visos de modificación. De hecho,
las hermandades suponen un cierto freno a esta tendencia (al menos en
nuestra tierra), pues se trata de unas asociaciones de la Iglesia atrayentes
y vistosas. Pero aún así, la juventud parece distanciarse
progresivamente en los últimos tiempos; no nos engañemos,
los jóvenes capillitas que vemos en los actos cofrades son siempre
los mismos, los más jartibles; son la excepción, no la norma.
El overbooking de hermandades en nuestra ciudad quizás lleve
a la desaparición de las menos pujantes (¡ojo con Expiración!,
como siga por el camino que lleva) y, ¿por qué no?, a la
fusión de algunas (en Sevilla muchas de gloria y sacramentales
han tenido que hacerlo con otras penitenciales para poder subsistir).
Esto no debe implicar una prohibición en la fundación de
nuevas cofradías, la ley de la oferta y la demanda es la que debe
dar y quitar razones.
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