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Fábulas Faraónicas


Esta fábula, pues historia fabulosa e increíble es, tuvo lugar hace mucho, mucho tiempo a más de mil años antes de la púnica maldición, en las antiguas y arcanas tierras del Alto y Bajo Egipto, por las que discurre el Río que da la Vida y que fecunda las Dos Orillas, fértiles riberas como parques de nenúfares, papiros y lotos, como triunfal avenida por la que pasean de la mano en sus barcazas la madre Isis y su hijo Horus.

Bajo el férreo reinado de la faraona Hatseput se fomentó el culto al renacido dios Amón-Ra, El Oculto. Faraona había salido victoriosa y triunfante tras la rebelión que el pueblo oprimido de Yavéh inició contra la monarca, dicho pueblo rendía culto único a un solo Dios, despreciando la adoración icónica y politeísta propia de la tierra de faraones. Pero la victoria interna, no debía hacer olvidar a Faraona que seguía en guerra con el rey hitita Muwattali el Mayor, y otros reyezuelos y sátrapas de los valles del Tigres y el Eúfrates, que esperaban ansiosos la caída de Faraona.

Tras la expulsión de los rebeldes hebreos, los sacerdotes de Amón vieron el momento de potenciar a la hasta ese momento decaída divinidad. Con gran alborozo, entre danzarinas, flautistas y timbales la estatua de Amón-Ra se trasladó del templo de Luxor al de Karnak, allí donde los carneros flanquean los pilonos que conducían al sanctasorum donde residiría eternamente Amón y en los valles que conducen al Valle de los Muertos, donde se enseñorean los chacales.

Sin embargo, se acercaba el festival de Opet, toda una semana en la que se organizaban grandes festejos en honor de las principales divinidades del panteón, y la imagen totémica de la divinidad debía ser renovada, como así establecía el antiquísimo ritual. Al mismo tiempo, sombras se cernían sobre el Alto valle y el Bajo delta, pues Faraona desconfiaba del poder que los sumos sacerdotes de Amón obtenían y dispuso deponer a los confiados adoradores de Amón, seguros en su magnificencia repuesta.

El consejo de sumos sacerdotes debía tomar decisión sobre los artesanos que materializarían en realidad tangible y visible al Oculto, realidad no manifiesta y ajena al mundo de los vivos. Acudieron de todos los rincones del mundo conocido, incluso de Byblos y Joppa, famosas ciudades por aquellos que moldeaban como adobe del limo del Río Nilo la madera de los sicomoros que crecían en la Nubia incógnita.

Pero Faraona contactó en secreto con artesanos de Deir-el Medhina, próximos a la corte tebana donde habitaba Hatseput. Y allí les anunció su intención de que ellos fueron elegidos para la magna tarea encomendada. Así que reunido el consejo de sumos sacerdotes, artistas de Byblos y Joppa, y de Tiro y Sidón mostraron sus maravillas, entre encantamientos de magos y tintinear de campanillas y abalorios. Todos se rindieron antes unos jóvenes de Byblos, e ignoraron a los modestos artesanos de Deir-el Medhina.

Así que Faraona anunció “si vuestra elección contraría mi deseo, sabed que las plagas podrían cebarse en ganado y cultivos de tierra de faraón”. Aún así, los sumos sacerdotes ignoraron la admonición de la soberana y festejaron jubilosos la renovación de su deidad adorada, Amón-Ra, entre sacrificios de cordero sufí y gacela trufada.

Pero a todos sorprendió que al día siguiente, amanuenses y escribas del reino anunciaran al consejo de sumos sacerdotes “Faraona no permitirá que el tacto de manos foráneas acaricie la aúrea piel de Amón”. El consejo de sumos sacerdotes acudió con rapidez a palacio de Malgata donde habitaba Faraona, y no olvidemos que la palabra faraón es palacio, pues sólo Él abarca la inmensidad inabarcable que comprende la Tierra de los Papiros. Y allí, escucharon de boca de Faraona la decisión: “sólo yo domino en estas tierras, soberano temporal y trascendente también, y vosotros mis acólitos seréis” anunció con parsimonia y regia flema mientras acariciaba dos babuinos, conocidos en todo el reino como Eiris y Charmión, que le hacían compañía en el salon del trono.

Tal anuncio causó gran revuelo y estupor entre el sacerdotazgo de Amón, que intentó conciliar y dialogar con Faraona, pero ella airada y circunfleja los expulsó de palacio. Cabizbajos y desolados, los sumos sacerdotes acudieron al Jefe de los Nomos provinciales y Gran Consejero de los Dos Reinos, el cual los intentó consolar, obteniendo el compromiso de su sabia mediación, de cuyas virtudes era famoso en tierras de Egipto y más allá, por su templanza y ecuanimidad, celebrándose la reunión en el Oasis de Siwa, bajo el vientre estrellado de Nut, diosa de la Noche.

Pero ya los hilos de la conspiración se movían, y en el fondo del cesto de caña trenzada por manos de damas núbiles habitaba la víbora de cuernos que repta por las arenas del Valle de los Reyes. Los máximos responsables del culto a Amón desconocían que la traición los acechaba y que quedaría manifiesta en las siguientes jornadas, aunque ya un vidente les profetizó: “estáis criando un monstruo en el seno de Egipto”, y otros augures y sibilas así advirtieron también “por el mar navegan las naves, en el mar naufragan las naves”, así como "mi mundo es otro, cuando llega el siroco".

Y así llegó el día de la gran reunión, el concilio supremo, cónclave atemporal de reyes y reinas, de sacerdotes y sacerdotisas, según dictaba la antiquísima arcana tradición. Faraona hizo su entrada en el Oasis de Siwa, pues ese fue el escenario elegido de nuevo, y lo hizo ataviada con sus más espléndidas y refulgentes galas: tocado nemes, brazaletes de lapislázuli, alhajas de oro de la Alta Nubia, cornalinas y turquesas, pedrería varia. Una gran túnica de algodón y plata entretejida recubría su imperial figura, extensa como Tierra de los Lotos. Cientos de esclavos nubios, perfumados con aceites y ungüentos traídos de la lejana Fenicia y que cubrían sus pieles de ébano, tiraban del gran trono que en forma de dorada esfinge gigante portaba a Faraona. Entre gran estruendo de trompetas, asentó su ser, y un brillo cegador surgió de su pectoral con ojo wedjat, al que aplicaba sus hechizos para poder ver lo que ocurría a sus espaldas y a donde no llegaban los susurros y ojos asustadizos de Eiris y Charmión.

Los sumos sacerdotes oyeron entonces de nuevo la voz de Faraona, pues así habló ella: “ululad naves de Tarsis, pues vuestro puerto está destruído”. La verdad fue revelada, pues la pluma Maat sobrevoló el lugar. Mientras tanto, una bruja calva que cubría su cabeza con pañuelos de seda y que se deleitaba en el arte de las danzas conjuraba hechizos desde Hattussa (ciudad capital de los hititas), para mermar el poder de Faraona, tras sus vidrios ahumados.

Soberbias y mentiras, ilusiones y sueños imposibles, anudaron la trama irresoluble en la que la mayoría de los nobles sacerdotes de Amón vieron como eran vencidos, ante la indiferencia displicente del Jefe de los Nomos y Gran Consejero de los Dos Reinos. Y no sólo eso, la traición afloró en todo su oscura esplendidez dentro del propio sacerdotazgo, y no sólo ese día, en las siguientes jornadas la trama adquiriría dimensión colosal, pues Faraona siempre movió los hilos de tan fastuoso teatro. Aunque la nobleza y gallardía de los verdaderos sacerdotes fieles a Amón no pudiera ser puesta en duda jamás.

Y a todos los vencidos, Faraona mandó ejecutar y enterrar en la ciudad de Menfis alejados de sí misma, eso sí con grandes ritos no escatimó en los finos productos del arte de la embalsamación, no faltaron aceites, resinas, incienso, natrón y muchos metros de lino para tan magnos cuerpos. Pero se ordenó borrar los nombres de los derrotados de cuantos monumentos y papiros se extendían por todo Egipto, pues su nombre no debía volver a sonar en la rica tierra del Nilo, y así se procedió a advertir a los principales escribas del Reino para que tales acontecimientos no fuesen revelados al pueblo ignorante de la soberbia maldad y felonía.

Tan mala fortuna vino a acontecer que con el paso de los años los sagrados y siempre dignos cuerpos de los nobles sacerdotes vencidos fueron saqueados por los ladrones de tumbas, despojados de sus riquezas fueron de nuevo enterrados por el sumo sacerdote Pynedien II en un escondrijo nuevo, y jamás se supo de ellos.

Y esta historia es contada gracias a un papiro perdido y hallado, que llegó de generación en generación, dinastía tras dinastía, de padres a hijos, a mis ya callosas manos. Quedando así recogida esta fábula, en la que el culto a Amón-Ra, el Oculto, fue convertido en un glorioso tributo a la vanidad humana. Aunque quien despues de leer este papiro, pretenda divulgarlo, la maldicion de Seth lo perseguirá como sombra que cae en el desierto a él y a veinte generaciones, que las plagas caigan sobre él, que no vea la luz de la mañana, que sus entrañas no conozcan la dicha de habitar los vasos canopos y que su kah no encuentre el camino ante el sumo escriba Thot en la era de Acuario.

Orhomhotep, escriba y amanuense del templo de Aju y Yosim Bel

 

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