Corría el año de nuestro Señor Jesucristo 1414, bajo
el agitado pontificado del antipapa Juan XXIII, del que se dice que fue
pirata antes de recibir las órdenes sagradas. La cristiandad se encontraba
en una grave situación, debido al Cisma de Occidente y se pretendía
ponerlo fin con el concilio que se celebraría en la ciudad alemana
de Constanza. Mientras, en Italia, la abadía de los monjes filipenses
mínimos de Rávena bullía de plena actividad preparándose
para la llegada del invierno, que se anunciaba crudelísimo. Además,
la abadía recibiría la visita de un visitante muy especial,
no era otra que la bella Sor María Luisa Maravillas de Agostini,
famosa traductora de códices griegos y árabes, idioma que
aprendió durante su cautiverio en tierras infieles, a manos de los
fatimitas de Egipto.
Sor María Luisa fue afectuosamente recibida por el abad principal,
y rápidamente encaminó sus pasos hacia la archifamosa biblioteca
de la abadía, lugar del que era temido custodio fray Giuseppe de
la Prima Porta, cojo y medio sordo, como su gato de compañía,
llamado Miserere. Sor María Luisa (en adelante Sor Marilú),
pasó los siguientes días recabando información en
los anaqueles, papiros y libros de la biblioteca. Pero por un azar del
destino, quisieron los hados que cayese en sus frágiles manos un
rico códice miniado traído por el general Belisario a Rávena,
y que relataba pormenorizadamente la antigua disputa iconoclasta que se
vivió siglos ha en el Imperio Bizantino. Su contenido podría
poner en una situación más que comprometida al antipapa
Juán e influir en el devenir de los debates conciliares de Constanza.
No sabía Sor Marilú, azorada ante la magnitud del descubrimiento,
que estaba siendo espiada desde una sala contigua al scriptorium, por
Honorio y Arcadio, dos jóvenes novicios fieles lacayos de Fray
Giuseppe, a través de los ojos de un pequeño Bafomet, esculpido
por artesanos en un capitel, y copia exacta del existente en la Capilla
Palatina de Aquisgrán. La bella monja comenzó rápidamente
la edición de la traducción al román paladino y a
otras lenguas vulgares, para su difusión masiva a las masas iletradas,
pero en especial a los purpurados asistentes al concilio. Enterado el
venerable Giuseppe de las revelaciones de Sor Marilú, decidió
tomar cartas en el asunto, debían tomarse ciertas precauciones
pues el pontificado de Juan no podía ser puesto en peligro por
una simple monja, pero tales precauciones tendrían imprevisibles
consecuencias, que ni el propio fray bibliotecario pudiera alcanzar a
imaginar.
Dos noches después, fue servida la cena a Sor Marilú, calabacines
rellenos, un bistec y unas torrijas y milhojas de postre. Pero el bistec
había sido envenenado con unas semillas alucinógenas de
mandrágora y belladona que dejaron a la monja en un estado próximo
a la catatonia. Aprovechándose de la inconsciencia de Sor Marilú,
y entre una pérfida sonrisa apenas esbozada por fray Giuseppe,
fue llevada en volandas por Honorio y Arcadio hacia las entrañas
más profundas de la abadía, en unas antiguas cuevas que
ya fueron utilizadas por las primeras comunidades de cristianos durante
las persecuciones de Diocleciano. Con Sor Marilú apartada de la
escena, fray Giuseppe decidió la publicación del códice,
pero en una versión complaciente y ditirámbica según
convenía al antipapa Juan.
Entre alucinaciones y sopores, Sor Marilú despertó en la
húmeda y gélida mazmorra que ahora la apresaba. Mientras,
fuera se había desencadenado una furiosa tormenta, pues llegaban
las primeras nevadas al lugar. De repente, del más absoluto silencio
surgieron unos cantos dálmatas que provenían de los mohosos
muros, acercándose a ellos, descubrió una oquedad por la
que se adivinaba una celda igual a la suya. De repente un ojo glauco lo
tapó todo, resultó ser de una zíngara alopécica
que había sido detenida la primavera anterior porque rondaba por
los aledaños de la abadía con una cabra mocha que se subía
encima de una silla, mientras ella bailaba y recogía dinero en
un platillo; el venerable Giuseppe decidió que si la cabra realizaba
tal proeza, era debido a la presencia diabólica de Belzebú.
Cabra y zíngara fueron detenidas, aunque la pobre caprina fue degustada
en un guiso fuertemente especiado con romero y cilantro que tomaron los
frailes en la cena de hermandad que siguió a la cuaresma. Monja
y zíngara compartieron sus desgracias en la tenebrosidad del lugar,
apiadándose la una de la otra de su mala fortuna.
Sólo unos días después, fray Giuseppe maquinó
para que la zíngara fuera quemada en el parque público adyacente
a la abadía antes de partir para Constanza, donde daría
a conocer el contenido adulterado del antiguo códice bizantino,
en su afán por complacer al antipapa Juan, y con las ambiciones
puestas en la adquisición de una canonjía de relumbre en
alguna próspera diócesis francesa. Y así, tras ser
sacada de la celda entre empellones de los novicios Honorio y Arcadio,
la zíngara alopécica fue conducida hacia el exterior de
la abadía, mientras fray Giuseppe se regocijaba en su malévola
maquinación, mientras Miserere, su fiel minino, le daba topaditas.
Inesperadamente, el orondo Honorio pisó la cola de Miserere, y
éste dio un salto y se encaramó a la cabeza de la zíngara,
arrancándole el pañuelo que ocultaba su calvicie, tropezando
con el mismo la gitana, que en su caída arrastró a Arcadio,
que portaba un candil encendido que describió una parábola
en el aire hasta caer en un pajar. Las llamas prendieron con violencia
y se elevaron con rapidez hacía el oscuro cielo, que ahora iluminaban
las ardientes ascuas. En cuestión de minutos, parte de la abadía
estaba ardiendo, pues la fábrica de la misma era en buena medida
de madera.
Sor Marilú, encerrada en las mazmorras, no se percató de
nada hasta que el humo comenzó a invadir los sótanos del
edificio. Medio asfixiada, la monja lloraba presa de la desesperación,
su fin parecía próximo, y se encomendó al Creador;
entre plegarias y resignación, cerró los ojos. Entonces
sintió como alguien tiraba de ella, era el menudo Arcadio, que
se había apiadado de Sor Marilú, a pesar de su devoción
por fray Giuseppe. Subieron escaleras, atravesaron pasadizos, y cuando
llegaban al scriptorium, una enorme viga se desplomó sobre ellos;
Arcadio en un gesto de infinito heroísmo, empujó a Sor Marilú
para que no fuese aplastada, sin embargo él mismo no pudo escapar,
y allí pereció. Apenada por lo ocurrido, pero aún
así con firme decisión, Sor Marilú no dudó
en salvaguardar de las llamas, que ya se aproximaban a la biblioteca,
el códice bizantino, objeto desencadenante de la tragedia, así
como un libro de repostería piamontesa.
Pero entonces, fray Giuseppe apareció en la estancia, y obviando
su cojera, se enfrentó a Sor Marilú en una lucha desigual,
pues el venerable bibliotecario esgrimía con inusitada maestría
una enorme navaja albaceteña; pero la Providencia estaba del lado
de Sor Marilú, pues inesperadamente, entre gran estruendo la mitad
del suelo del scriptorium se vino abajo, arrastrando en su caída
a fray Giuseppe. Con gran dificultad pudo alcanzar Sor Marilú la
salida, y no paró de correr hasta que desde una colina próxima
se volvió para ver como la abadía entera ardía como
gran hoguera de las vanidades, rodeada de un espectral paisaje nevado.
Sor Maria Luisa Maravillas de Agostini, llegó en las siguientes
semanas a Constanza, donde la revelación del códice bizantino,
causó una tremenda consternación entre los ya escasos seguidores
del antipapa Juan, la verdad se mostró en toda su dura realidad,
y el clima de hostilidad hacia el pontífice usurpador fue tal,
que éste se vio obligado a huir a Schaffhouse disfrazado de palafrenero.
En mayo siguiente, Juan XXIII sería depuesto por “simonía
e indignidad”; hecho prisionero en el castillo de Heidelberg, fue
libertado previo pago de rescate tres años después, si bien
apenas disfrutaría de su libertad, ya que fallecería en
1419, recibiendo sepultura en Florencia, bajo un ostentoso mausoleo diseñado
por Donatello.
Sor Marilú, tras esta portentosa peripecia y vista la corrupción
que anidaba en el clero de la época, abandonó los hábitos
y conversa al Islam (tomó el nombre de Fátima, en honor
a la hija del Profeta), vivió dichosa el resto de sus días
en La Vega de Granada, contrayendo esponsales con un rico comerciante
ebanista del reino nazarí. Y fue a través de su marido como
tuvo noticias de la enigmática zíngara alopécica,
pues corre una leyenda según la cual logró escapar de la
tragedia de Rávena, disfrutando su existencia en un puerto de mar
de la Dacia, entreteniéndose en la realización de ricos
muebles taraceados, de los que se dice que estaban encantados, ya que
traían la dicha o la desgracia a sus poseedores, según fuera
la pureza de sus almas.
De fray Giuseppe de la Prima Porta apenas se sabe que ocurrió,
pues entre la confusión que siguió al incendio y la precipitación
de los acontecimientos en el concilio de Constanza, no se aclaró
su paradero, nunca hallóse su cadáver. Hay quien dice que
utilizó un pasadizo que sólo él conocía y
que logró huir a una isla del sur próxima a una península
(Chipre o Malta, según las versiones), donde pena su mediocre maldad
y trata de convencer a viejas beatas de su versión de los aciagos
últimos días del detestable reinado de Juan XXIII.
Peor suerte correría su lacayo Honorio, pues en un viaje por vía
marítima fue capturado por corsarios turcos, donde consumiría
su existencia como eunuco, si bien ya anciano, se convirtió en
Jefe supremo del harén de la Puerta Dorada, en el palacio de Topkapi,
rodeado de odaliscas celulíticas.
Y nunca faltan flores frescas, en el lugar que una cruz color bermellón
señala como la tumba de Arcadio.
Epílogo: esta historia os puedo contar porque una gitana rumana
de las que piden y han venido en la última oleada debida al "efecto
llamada" así me narró los hechos, concretamente una
que pide en la puerta de un supermercado de barrio, y que resulta ser
descendiente directa de la zíngara alopécica, en cuyos glaucos
ojos se adivina una gran sabiduría acumulada por el paso de los
siglos.
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