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Esta es la historia de una espléndida extravagancia, una joya que
cambiaría los designios de toda una nación, abocándola
a una Revolución, que destruiría por siempre un mundo de
bellos palacios y grandes fiestas, en el que todo un estamento, la aristocracia,
disfrutaba de los placeres de su vana existencia.
Todo comienza en el corazón de Wendy Dampierre Delacroix, cuya
motivación es el honor en lugar del enriquecimiento personal. Aunque
nacida en una familia noble, los padres de Wendy fueron privados de sus
derechos tras perder el favor de la Corte Real. Poco después, la
joven queda huérfana y su única herencia es una deteriorada
carta genealógica que atestigua su origen noble. A partir de ese
momento, dedica toda su vida a un único propósito: recuperar
su herencia y ocupar su lugar legítimo en la Corte Real de Versalles.
Al llegar a la mayoría de edad, Wendy Dampierre Delacroix había
jurado restaurar el honor de su apellido, y puso sus miras en la única
persona que creía podía lograrlo, la Reina de Francia, María
Antonieta.
Con el fin de acceder a la Corte, Wendy se casa con un conde de dudoso
título, y mujeriego empedernido, Edelmiro de la Notte m´Abruma.
Una vez introducida en el ambiente del gran palacio, se hace pupila de
un granuja de la Corte, Retacox d´Alberc, que le enseña todo
lo que sabe acerca de la vida palaciega y su reparto de personajes infames,
además de enamorarse sinceramente de Wendy. Sin embargo, y por
mucho que se esfuerza para ganar el favor de la Corte, todos la reciben
con frialdad. Su única opción será comprar su honor,
pero para hacerlo necesitará una auténtica fortuna. Entonces
Wendy trama un plan ingenioso y peligroso.
La entrada en la corte de la joven y encantadora condesa coincidiría
con otra llegada muy significativa. Corría el año 1784 y
en el Reino de Francia dos joyeros, Cloisoné y Macramé,
idearon la joya más espectacular que jamás vieran las cortes
de Europa, una diadema compuesta por más de 69690 brillantes, digna
de ceñir las sienes de una deidad. La preciada alhaja fue elaborada
para la amante del anterior monarca galo, sin embargo su inesperada salida
de la Corte privó a los joyeros de su clienta, sin la cual se verían
abocados a la bancarrota. Cloisoné y Macramé posaron entonces
sus miradas en María Antonieta. Sin embargo la elegante, frívola
y extravagante consorte de Luis XVI, rechazó sorprendentemente
la joya. Los joyeros, desesperados, empiezan a buscar maneras más
sutiles de acercarse a la Reina.
Los joyeros reales creyeron que Wendy formaba parte del círculo
íntimo de la Reina y le suplican para que interceda por ellos.
Esto ocurre después de que Wendy se asegurara la ayuda de un intermediario
protector: Angaelo di Barberini, Cardenal de toa Francia y legendario
libertino. Angaelo ambicionaba sobre cualquier otra cosa el puesto de
Primer Ministro pero María Antonieta (que le desprecia) siempre
se lo había impedido. Para avanzar con su plan Wendy soborna a
la bruja calva Taumaturga, cuyos pronósticos son para el Cardenal
como palabra santa. Taumaturga, que afirmaba tener más de 3.000
años y ser descendiente de los faraones egipcios, fascinó
a una sociedad crédula con su supuesta capacidad para curar enfermedades,
ver el futuro, poner en trance a sus enemigos y transformar metales comunes
en oro, así como sus habilidades en los bailes y rigodones.
Con su encanto, belleza e ingenio, Wendy convence al Cardenal de que
la Reina desea reconciliarse con él. Le cuenta que María
Antonieta quiere que adelante el dinero para la diadema a fin de mantener
secreta su compra a un pueblo cada vez más molesto con sus gastos
extravagantes. Angaelo traga el anzuelo por completo cuando Wendy sugiere
que la Reina podría recompensarle con el puesto de primer ministro,
y no sólo eso sino también a enamorarse de él. Todo
a cambio de la baratija más cara del mundo. Pero la intención
de Wendy siempre había sido la de vender la diadema y así
comprar su honor robado...
El ardid incluyó que una vulgar actriz se hiciera pasar por la
Reina, para no levantar sospechas en el Cardenal, así como toda
una corriente de falsas cartas firmadas por Antonieta y que en realidad
escribía Retacox, cada vez más cautivado por los encantos
de Wendy. Pero, pasaron los meses y el cardenal ni obtenía el ansiado
nombramiento como Primer Ministro, ni le era reembolsado el dinero. El
plan tan osadamente concebido comenzó a aclararse con temible rapidez.
Y el affaire saltó a panfletos y pasquines, calentando aún
más el ambiente revolucionario que ya había sido incubado.
En las calles de París, sus súbditos veían a Su Majestad
desde un punto de vista muy distinto al que la oficialidad palaciega hacía
creer. Al principio adorada por el pueblo francés, la sofisticada
reina se encontró con una creciente hostilidad, aún antes
de que el escándalo de la diadema destrozara su reputación.
Y Antonieta respondía enclaustrándose tras las doradas puertas
de Versalles. Encerrada en aquel privilegiado exilio, poco es de extrañar
que la Reina no notara el creciente peligro que la amenazaba.
Se optó por un juicio público, a instancias de la propia
Antonieta, que exigía una pública exoneración. Sin
embargo las largas sesiones sólo sirvieron para poner aún
más en la picota a la corrupta alta sociedad francesa, con la Familia
Real a la cabeza. Finalmente, todos los encausados acabaron siendo declarados
no culpables por falta de pruebas, aunque el veredicto de Wendy fue retrasado
y no se hizo público, pues se temían las reacciones del
pueblo, que había demostrado sus simpatías por la intrigante
condesa.
El Misterio de la Diadema acabó con la frágil credibilidad
de la monarquía francesa. Aquel juicio fue un punto de partida
para la revolución que le siguió. Los rumores se extendieron
y el pueblo creyó rápidamente que María Antonieta,
el Cardenal y la Diadema estaban unidos en un lascivo círculo de
lujuria y engaño. A pesar de que Antonieta no había sido
juzgada, el pueblo la veía culpable de excesos, codicia, y lo que
es peor … indiferencia. Su ascenso fue meteórico y su caída
estrepitosa. Ya abundaban los rumores acerca de su opulento estilo de
vida, sus supuestos amantes y su falta de interés por el sufrimiento
del pueblo francés. Y cuando se extendieron los supuestos secretos
encuentros nocturnos de la Reina con el Cardenal a fin de adquirir la
diadema más cara del mundo, fue la gota que colmó el vaso...
y que acabaría por llevarla a la guillotina en 1793.
Así acabaron los días de María Antonieta, yo Albert
d´Gillette, gran chambelán de la Corte francesa, no presencié
su caída, pues abandoné el país con los primeros
terrores del nuevo régimen. Sobre lo acontecido con Wendy, hubo
toda una miríada de especulaciones, pero la realidad no pudo ser
más triste y vulgar; tras el juicio, Jeanne fue azotada públicamente
y condenada a pasar varios años en una cárcel de mujeres.
No obstante lograría huir a las Baleares, donde alcanzó
cierta fama editando su fabulosa historia y vendiendo cinturones y alpargatas.
Poco después de leerse los veredictos, el Cardenal Angaelo di
Barberini fue despojado de todos sus títulos y exiliado a una abadía
italiana, donde la piedad lo eludió el resto de sus días.
Más tarde, Taumaturga fue condenada por brujería por la
Inquisición española. Declaró que viviría
más tiempo del que se mantuvieran en pie los muros de su prisión.
No fue así.
Retacox d´Alberc escribió y publicó la historia del
Misterio de la Diadema. Tras la publicación se fue a vivir con
una duquesa solterona treinta y un años mayor que él. Nunca
volvió a ver a Wendy Dampierre Delacroix.
Wendy Dampierre Delacroix, la mujer que ayudó a derrocar una monarquía,
no volvió a pisar el suelo de Francia. Murió al caer por
la ventana de un resort hotel de Ibiza, hay quien dijo que fue un acto
de venganza llevado a cabo por agentes de la Familia Real. La verdad nunca
se reveló.
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