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Fábulas Navideñas


Había una vez una aldea muy pobre en la región más mísera de Finlandia, próxima a la ciudad de Rovaniemi, capital de la Laponia, en cuyo suelo apenas prospera otra cosa que el arándano. Una noche crudelísima de invierno, y ya hace de esto muchos años, no había medio de calentar los hogares, y los vecinos de la aldea, castañeteando los dientes, se lamentaban de no poder tener árbol de Navidad, cuando la más pequeña astilla de madera era necesaria para calentarse.

De pronto ocurrió una cosa rarísima. ¿Qué era aquello? De fuera se oyó el arrastrar de cien trineos, gran ruido de campanillas y fuerte patear de potros en el suelo endurecido. Trineo, tras trineo, y dentro de ellos unos hombrecillos chiquitines que llevaban arbolitos de Navidad y montones de paquetes. Todos pensaban que iban de paso, pero ¡cuál no sería la sorpresa y admiración de aquellas buenas gentes al ver que delante de cada casa paraba un trineo y bajaba de él un enanillo con una barba muy larga y cargado de magnificencias.

Los gnomos descargaron los presentes, ropas, juguetes y rica pitanza; en ninguna casa faltó un árbol encendido, la hoguera prendida, así como embutidos, verduras, carnes y tocino. Una gran alegría se apoderó de los humildes aldeanos, y cuando comenzó a renacer la serenidad, la gente quiso preguntar a sus bienhechores quiénes eran, de dónde procedían y quién los enviaba … pero ya habían desaparecido, sólo quedaban pilas y pilas de madera y parafina. Aquella Nochebuena resultó espléndida.

Pero la dicha, sólo duró una temporada, al cabo de la cual se volvieron a dejar sentir las necesidades con más fuerza. Uno de los niños tuvo la inesperada y felicísima ocurrencia de ir a buscar a los hombrecillos para rogarles que volvieran a favorecer al pueblo. Tres niños se presentaron voluntarios, Juanito, que tenía once años, Luisita, que tenía diez, y Federico, con nueve.

Anduvieron y anduvieron sobre caminos nevados, hasta que el sueño los rindió. En todo momento espiados por los gnomos, éstos los colocaron sobre una especia de camillas y se los llevaron en el mayor silencio de la noche. Llevaron a los niños hasta el pie de un monte, y los introdujeron en una cueva. Dejaron que el sueño cumpliera su benéfica influencia; y ¿quién puede describir el encanto y la maravilla que sintieron los niños al abrir los ojos y ver que se hallaban entre sus amigos? ¿Cómo pintar su admiración al contemplar la espaciosa bóveda bajo la cual se encontraban, resplandeciente y en donde bullía una multitud de hombrecillos que trabajaban afanosamente?

Los niños se incorporaron y al momento se vieron rodeados por una muchedumbre de enanillos que les traían bebidas y manjares exquisitos. Entonces, se presentó uno de ellos, el cual atendía al nombre de Setita Azul, el cual tenía por misión en la comunidad gnoma aderezar setas, las cuales preparaba de un modo admirable. Así como otro, encargado éste del tejido de lanas, y que se llamaba Batanito, el cual regaló a cada uno de los niños un traje admirable por su suave tacto, Luisita recibiría además un chal precioso. Los telares funcionaban mediante ingenios hidráulicos, todo ello ideado por Batanito.

Luego fueron conducidos por una grutas y pasillos que apenas eran lo bastante grandes para dejarles paso, Setita Azul se detuvo ante una gran roca, y apartándola dejó al descubierto grandes montañas de piedras preciosas; abriendo desmesuradamente los ojos, Federico preguntó si tenían también oro, y ante la respuesta afirmativa de Setita Azul, exclamó decidido su intención de ser minero; Setita Azul le miró compasivamente y volvió a correr la roca, de modo que no se veía ni rastro del hueco.

Tras ello, llegaron a una nueva bóveda, la mayor que habían visto hasta entonces, y en la que había un estrépito que mareaba a los niños. Allí humeaban, resplandecían y chisporroteaban cien mil fraguas; el fuego levantaba sus lenguas rojas por todas partes, y sonaba un ensordecedor martilleo. Entonces Juanito declaró su voluntad de ser herrero.

Por último tuvieron que abandonar aquellos encantadores parajes, siendo llevados ante Barbita de Pluma, el tapicero, el cual les indicaría cuales serían sus aposentos, pues los gnomos habían determinado que fueran educados allí, para que cuando aprendieran todo lo que necesitaran, fundaran un pueblo que llegara a ser tan rico y próspero como el de los gnomos. En sus mullidas camas, la fatiga los rindió pronto y los tres niños quedaron profundamente dormidos.

Al día siguiente comenzaron a aprender sus oficios, Federico la minería, Juanito las artes de la metalurgia y Luisita quiso aprender a tejer. Cada uno fue llevado a su puesto de trabajo, donde se les instruiría. A Federico no le gustó tanto su oficio como pensaba, y ahora sólo pensaba en coger cuantas piedras preciosas pudiera y escapar ocultamente. Después de mucho buscar encontró parte del camino que había recorrido con Setita Azul y fue tanteando cuidadosamente el muro, pero en vez de la abertura que esperaba, sintió que un ente minúsculo se le subía a la nuca, le echaba fuertemente las piernas alrededor del cuello y empezaba a azotarle las espaldas con unas correas finísimas. Federico, retorciéndose de dolor, prometió que no sería ladrón y que obedecería, pero tales promesas no surtían el menor efecto, los golpes redoblaban sin disminuir en fuerza. Hasta que sin poder gritar ni llorar, Federico sintió que se moría y quedó tendido. En esto, llegó Setita Azul, compasivamente lo cargó sobre sus espaldas y lo metió en un baño caliente. Entonces volvió a romper a llorar y prometió que sería bueno y dominaría sus malos pensamientos.

Un día, los niños expresaron su deseo de volver a ver la luz del sol, y así Setita Azul los condujo a la pradera y a la pradera. Los niños se alegraron mucho al verse en la deliciosa espesura, pero pronto quisieron volver a encontrarse entre los gnomos.

El tiempo pasaba más rápido de lo que los niños pudieran imaginarse, Juanito, Luisa y Federico se habían convertido en jóvenes robustos y esbeltos, habilísimos en muchas profesiones. Y un día, Juanito invitó a Luisita a pasear por el bosque, cantaban los pájaros, y los rayos del sol, entreabriendo suavemente el follaje, jugueteaban en las rubias trenzas de Luisita, cuya piel se conservaba tan blanca como la flor del manzano. Y allí se declararon, y el sol, que pareció sentir la alegría de aquellos niños, derramó toda su espléndida hermosura por la pradera y por las ondulaciones y rumorosas cimas del bosque.

Entonces, los gnomos decidieron que ya era de que Juanito, Luisita y Federico abandonaran las entrañas de la Tierra. Juanito y Luisita se casaron, y Federico, pronto encontró una joven muy mona a la que convertiría en su esposa Y en un monte próximo empezó un movimiento maravilloso, y surgió un pueblo que no tardó en convertirse en ciudad populosa, y en donde los hijos de los fundadores figuraban como las más encumbradas personalidades. En aquella población se ejercían todas las profesiones y todas las artes, con tal inteligencia que los gnomos estaban locos de alegría, e intentaron emular la proeza, pero no todos los niños se dejaban educar tan dócilmente como los tres primeros, así que los gnomos renunciaron a educar a más pequeñuelos extraños; dicen y tienen razón en que la ciudad fundada por los primeros es magnífica, que no podía haber otra igual y que debía contentarse con lo que habían hecho por los hombres, pues no siempre se repiten las cosas agradable y felizmente en este mundo.

 

NOTA FINAL: si algún aburrido o aburrida intenta buscarle a este cuento algún doble sentido, por favor, acuda lo más urgentemente posible al psiquiatra de guardia más cercano.

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