El Pregón copiado (III)
 
por Eduardo Albarrán Orte
 
Artículo de opinión sobre el Pregón de la Semana Santa de 2008
 
 
 
El pregón de la Semana Santa 2008 se celebró casi 30 años después en el Real Teatro de las Cortes, gracias a la labor del actual Consejo de Hermandades y Cofradías.
 

Continuamos en esta tercera parte de la serie de artículos titulada "El pregón copiado". En esta, se analizará un menor número de textos que en las dos ediciones pasadas, debido a la extensión de los mismos.

11. En esta ocasión analizaremos los versos que el pregonero de la Semana Santa de 2008, el sacerdote Salvador Rivera Sánchez dedica a la parqueña hermandad del Prendimiento. Estos versos se encuentran en las páginas 39 y 40 de la edición escrita del Pregón de la Semana Santa.

Salvador Rivera:

El Cedrón susurraba como un niño dormido.

En Getsemaní crecía la aceituna.

Fue por la primavera. El olivar bebía

La clara madrugada.

“Dios oraba y gemía

A Dios desde la tierra ensangrentada”.

Sangre sudó y lloró. Y oraba:

“apártame este cáliz, Padre mío…”

Cerca un ángel … y pasos que llegaban.

Lejos sonaba el susurrar del rio.

Estaba arrodillado, asi, de hinojos…

Con teas y cordeles soldados por el huerto.

Una lechuza. Un búho. Un cuervo, revolaron.

¡Que miedo en su sangrar despierto!

¿Duermes, Simón? Temblaba de tristeza.

Luego dijo: “Es la hora”. Volvió la frente al cielo

Y adelantó unos pasos para ver al que venía.

Rodó un beso hasta el suelo.

Judas tocó sus labios y ya no los sentía.

Jesús puso sus manos para que las atara.

La luna ocultó en nube sus lágrima primavera.

Y mientras se dejaba que preso le llevara,

Once sombras huyeron su amor por la ladera”.

Mi Señor del Prendimiento pasa triste a paso lento

Y en sus miradas postreras

Se adivina el sufrimiento.

Del pregón de Antonio Murciano de la Semana Santa de 2005, rescatamos este fragmento en verso dedicado a la hermandad del Prendimiento, en este caso a la de la calle Orfila, vulgo de los Panaderos.

Antonio Murciano:

El Cedrón susurraba como un niño dormido.

Getsemaní crecía su aceituna".

Fue por la primavera. El olivar bebía

la clara madrugada.

"Dios oraba y gemía

a Dios desde la tierra ensangrentada".

Sangre sudó y lloró. Y oró. Y oraba:

"Apártame este cáliz, Padre mío"…

Cerca un ángel… y pasos que llegaban.

Lejos sonaba el susurrar del río.

¿En plena primavera y estar yerto?

Estaba arrodillado, así, de hinojos…

fue en el instante en que resbaló, muerto,

el pájaro del llanto por sus ojos.

     3

Con teas y cordeles soldados por el huerto.

Una lechuza. Un buho. Un cuervo, revolaron.

¡Qué humano miedo su sangrar despierto!

Los velos de los templos del mundo se rasgaron.

"Se alzó. Rama de oliva de amargura,

alto esqueje moreno y vacilante.

–"¿Duermes, Simón?". Temblaba de tristura,

Temblaba de ternura su semblante.

Luego dijo: –"Es la hora". Volvió la frente al cielo

y adelantó unos pasos por ver al que venía.

Se oyó –"Salud Rabbí"… Rodó un beso hasta el suelo.

Judas tocó sus labios y ya no los sentía.

Jesús puso sus manos para que las ataran.

La luna ocultó en nube su lágrima primera.

Y mientras se dejaba que preso le llevaran,

once sombras huyeron su amor por la ladera".

(…)

Mi Señor del Prendimiento

–barco de cirios y ceras

su Paso entre las aceras–

pasa triste a paso lento

y en sus miradas postreras

se adivina el sufrimiento.

 

12. Finalizamos este episodio con un texto que aparece en las páginas 25, 26 y 27 de la edición escrita del pregón, la cual el pregonero titula "Testimonio de fe" siendo uno de los dos preámbulos que contiene al comienzo de la narración de la Semana Santa junto a "Testimonio de Caridad".

Salvador Rivera:

Testimonio de fe.

Y aquí estamos, un año más, después de la larga espera, dispuestos a plantarnos en la calle y hacer girar una ciudad entera a nuestra medida durante una semana. Pero por qué lo hacemos; ¿Quién es ese que convoca a tanta gente maniatado, humillado, flagelado, con la cruz a cuestas, muerto? ¿qué tiene para que cientos de hombres y mujeres lo acompañen durante tantas horas?¿Es un loco?, ¿un revolucionario? ¿O es el Hijo de Dios?Dichosos vosotros, gente sencilla del barrio de la Bazán, de la Casería o de la Ardila, porque ese Dios hecho hombre que traéis al centro de la ciudad, no os lo ha enseñado ni os han habla de Él; los que mandan, los poderosos, sino la Fe de un pueblo. Dichosos hombres y mujeres de la Isla que cada año salís al encuentro del Redentor y Su Madre, sin más protagonismo que el de vuestra presencia y vuestro acompañamiento, ajenos quizás, a los entresijos de la Cofradía que contempláis e incluso con menos asistencia de la deseable a las iglesias durante el resto del año, pero fieles cumplidores de una cita que os la marcaron la Fe, la Devoción, el Tiempo y la Historia. Y vosotros, cofrades más comprometidos, cada vez que os impidan cruzar una acera con comodidad, cada vez que os obliguen a tomar el camino más largo por esas calles que sólo utilizáis estos días, cuando estéis un rato parados en la cola porque no podéis pasar por una calle, cada vez, en fin, que penséis que estaríais mejor con menos gente, no olvidéis que esa bendita Bulla es el mejor manto de fortaleza, el que nos ampara, nos cobija, nos justifica y nos protege. Salimos a la calle para dar un testimonio de Fe y el testimonio necesita testigos. A las Hermandades no solo las mantienen las Juntas de Gobierno, los cofrades ejemplares, los curas, el Consejo, sino esos miles de cañaillas anónimos, que se echarán a la calle buscando algo más que la estética o la cultura, sino que aunque quizás no lo sepan buscan un alimento que es la salvación que Cristo solamente puede dar. Por eso, nuestra responsabilidad radica, precisamente, en que este sueño maravilloso que estamos a punto de vivir un año más, no se quede en una simple manifestación externa, sino que seamos capaces de conectar a toda una ciudad con el Misterio de la Fe.

Corren tiempos difíciles para los creyentes. Hemos alcanzado la prosperidad, el llamado Mundo Occidental camina con paso firme hacia un bienestar que parece no tener límites, La Sociedad cree que así alcanzará la Felicidad y se ha permitido el lujo de olvidarse de Dios. Ya no lo necesita, lo desprecia, pero a quien está despreciando realmente es a sí misma mientras toma rumbo a ninguna parte. Qué majestuosidad la tuya Señor, cuando guardas silencio ante ese reyezuelo de pacotilla que se ríe de ti sin saber, pobre ingenuo, que se está riendo de su propia fealdad. Qué joyas de opereta, cómo se regodea en su propio vacío, rodeado de su camarilla de esbirros. Como se aferra al lujo pasajero y convertido en marioneta de sus propias limitaciones. Avanzas majestuoso en esas canastillas, que son la peana más inspirada, avanzas con el señorío del que se sabe la única Verdad, el único camino a la Vida Eterna, mientras que ese monarca de la nada que se atrevió a despreciarte pensando que no te necesitaba, se jacta en su propia ignorancia.

Pero no siempre resulta fácil permanecer firmes en nuestros principios, como lo hiciste Tú, Señor. Por eso te pido Señor, que nos ayudes a ser cofrades convencidos y capaces de dar la cara por ti y por el Evangelio.

Con el mismo título, Testimonio de fe, el pregonero de la Semana Santa de Sevilla 2007, Enrique Esquivias de la Cruz, nos habla en prosa de la importancia de la fe para los cofrades.

Enrique Esquivias de la Cruz :

Testimonio de fe.

Y aquí estamos, un año más, después de la larga espera, dispuestos a plantarnos en la calle y hacer girar una ciudad entera a nuestra medida durante una semana. ¿Pero, por qué lo hacemos? Por seguir una tradición de siglos, una simple costumbre, ¿somos folklore?, ¿cultura?, ¿un fenómeno antropológico? ¿Realmente pintamos algo en la sociedad actual? Quizás la pregunta tenga que ir un poco más allá e interrogarnos si pintamos algo en la Iglesia actual. ¿Para qué y por qué salimos a la calle? ¿Quién viene caminando junto al Sumo Sacerdote? ¿Cómo se atreve a discutirle al poder establecido de lo políticamente correcto? Ni siquiera lo mira, pese a estar maniatado mantiene un extraño y distante gesto de desdén, ante quien todos los demás inclinan la cerviz en señal de sumiso respeto. ¿Cómo es capaz de convocar a esa multitud? ¿Qué tiene para que cientos de hombres y mujeres lo acompañen durante tantas horas. ¿Es un loco?, ¿un revolucionario? ¿O es simplemente el Hijo de Dios?, el único capaz de asegurar la Vida Eterna. Dichoso tú, Pedro, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso sino Mi padre del Cielo (Mt. 16, 17-18) Dichosos vosotros, gente sencilla del Tardón y del Barrio León, porque eso que decís no os lo han dicho ni los que mandan, ni los poderosos, ni los alquimistas de las promesas, sino la Fe de un pueblo. Dichosos hombres y mujeres de Sevilla que cada año salís al encuentro de Dios y Su Madre, sin más protagonismo que el de vuestra presencia y vuestro acompañamiento, ajenos quizás, a los entresijos de la Cofradía que contempláis e incluso con menos asistencia de la deseable a las iglesias durante el resto del año, pero fieles cumplidores de una cita que os la marcaron la Fe, la Devoción, el Tiempo y la Historia. Y vosotros, cofrades más comprometidos, cada vez que os impidan cruzar una acera con comodidad, cada vez que os obliguen a tomar el camino más largo por esas calles que sólo utilizáis estos días, cuando estéis un rato parados en la cola de Cerrajería para cruzar Sierpes, cuando una madre con un carrito ocupe todo el ancho de Alvarez Quintero o cuando una pandilla de jóvenes esté armando más ruido de la cuenta en la Encarnación, cada vez, en fin, que penséis que estaríais mejor con menos gente, no olvidéis que esa bendita Bulla es el mejor manto de fortaleza, el que nos ampara, nos cobija, nos justifica y nos protege. Salimos a la calle para dar un testimonio de Fe y el testimonio necesita testigos. A las Hermandades no solo las mantienen las Juntas de Gobierno, los cofrades ejemplares, los curas, el Consejo o el Pregonero, sino esos miles de sevillanos anónimos, que se echarán a la calle buscando algo más que la estética o la cultura, algo que quizás ellos mismos no sepan explicar como tampoco lo sabían los cinco mil que lo siguieron hasta Betsaida y a los que tuvo que dar de comer (Lucas 9, 10-17). Ellos también buscan un alimento, el de su propia salvación. Por eso, nuestra responsabilidad radica, precisamente, en que este sueño maravilloso que estamos a punto de vivir un año más, no se quede en una simple manifestación externa, sino que seamos capaces de conectar a toda una ciudad con el Misterio de la Fe.

Corren tiempos difíciles para los creyentes. Hemos alcanzado la prosperidad, el llamado Mundo Occidental camina con paso firme hacia un bienestar que parece no tener límites, La Sociedad cree que así alcanzará la Felicidad y se ha permitido el lujo de olvidarse de Dios. Ya no lo necesita, lo desprecia, pero a quien está despreciando realmente es a sí misma mientras toma rumbo a ninguna parte. Qué majestuosidad la tuya Señor, cuando guardas silencio ante ese reyezuelo de pacotilla que se ríe de ti sin saber, pobre ingenuo, que se está riendo de su propia fealdad. Qué joyas de opereta, cómo se regodea en su propio vacío, rodeado de su camarilla de esbirros. Qué mamarracho de rey, aferrado al lujo pasajero y convertido en marioneta de sus propias limitaciones. Cayetano González no pudo haberlo hecho mejor, Señor, ni rodearte de forma más certera: Avanzas majestuoso en Tu poderoso canasto, inspirado en la peana más inspirada y más mía, avanzas con el señorío del que se sabe la única Verdad, el único camino a la Vida Eterna, mientras que ese monarca de la nada que se atrevió a despreciarte pensando que no te necesitaba, se jacta en su propia ignorancia.

Pero no siempre resulta fácil permanecer firmes en nuestros principios, como lo hiciste Tú, Señor. No siempre aguantamos impasibles ante el poder, aun cuando ello nos suponga que nos despojen de todo, como hacen contigo en Molviedro o recibir algún que otro manotazo, como el que te propina ese miserable sayón cuando regresas a San Lorenzo o como los que recibe Tu Vicario en La Tierra por hablar de Paz, de Perdón, de Amor, por viajar a predicar tu palabra allí donde no se atreven los que sólo saben hablar agazapados. Sin embargo salimos a la calle para anunciar el Evangelio, porque por encima de todo somos Iglesia, la que él dirige y así nos tienen que aceptar, como fenómenos religiosos, más allá de un valor cultural que nadie niega, pero que nunca puede ni debe ser fundamento de nada, ni menos aun justificación de una realidad que se mantiene viva desde hace siglos.


(Continuará...)