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Presentación Cartel 2007 - Juan José Carrera Rojas

Islapasión, quiere traer hoy a sus páginas, el texto que sirvió de presentación del cartel de la Semana Santa 2007.

Agradecer al presentador, Juan José Carrera Rojas, la deferencia con este medio.

- Reverendo Padre Arcipreste de San Fernando.

- Señora Primera Teniente de Alcalde de San Fernando.

- Señor Presidente y miembros de la Junta Permanente del Consejo de Hermandades y Cofradías de este arciprestazgo.

- Señor Don Eduardo Martínez Pérez, autor del cartel de la Semana Santa de 2007.

- Queridos familia y amigos.

- Hermanas y hermanos todos.

Aunque la Navidad concluyó el pasado día 7 con la solemnidad del Bautismo del Señor, sus singulares imágenes aún se pasean por nuestras memorias.

Todavía se habla de los nacimientos que particulares, entidades y comercios han instalado; recordamos, asimismo, los almuerzos y las cenas en familia o con los amigos, e incluso aparecen desperdigados los típicos dulces que siempre suelen sobrar; hasta se tararea alguna copla que cantábamos, días atrás, en las zambombás organizadas o surgidas de improviso.

En estos días, las calles parecen estar vacías tras el bullicio frenético de las gentes que, durante semanas, mantuvieron todo copado; y es que Sus Majestades los Reyes Magos, que cada vez comienzan antes sus trabajos, ya volvieron para Oriente después de adorar al Niño Dios; es más, este año, hemos contado con la presencia de un nórdico anciano que también quiso recorrer nuestra ciudad.

Mientras todo eso ocurría, nuestro Consejo de Hermandades continuaba organizando los acontecimientos pendientes, de cara a la Semana Santa del presente año. Durante las fiestas navideñas, fui designado para presentar el cartel que ya podemos contemplar, y que, en el mes de noviembre, fue encargado a un pintor, cuyo nombre, pronto comenzará a escucharse en el mundo de nuestras cofradías.

La historia de Eduardo Martínez Pérez comenzó en 1981, aquí, en San Fernando. Sus ascendentes familiares pudieron predestinar a este joven, ya que, sus parientes más cercanos, dedicaban sus vidas a labores artísticas y artesanales.

A pesar de ello, soy de los que creen rotundamente en la libertad de los hijos de Dios, a quienes el Señor envía sus dones como cree conveniente. Estos carismas del Espíritu, se convierten en bendición celestial para el mundo, cuando se derraman sobre alguien con aptitudes para el arte. Y una de esas bendiciones la podemos encontrar esta tarde en Eduardo.

Desde los 12 años, ya sentía la inquietud que mueve las entrañas de quien desea expresarse a través de los pinceles. Por eso, una vez concluido el COU, se matriculó en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Sevilla. Tras los cinco años preceptivos, se licenció en la especialidad de pintura, y marchó a la capital de España, atraído por uno de los grandes maestros de todos los tiempos: Don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez.

Su estancia en Madrid le permitió realizar cursos y asignaturas en la Universidad Complutense, como los de grabado, diseño o fotografía. También superó con éxito el Curso de Adaptación Pedagógica.

Como buen artista, interesado en el pasado más remoto y más reciente del arte, recorrió los principales Museos y salas de exposiciones que ofrece la gran ciudad.

Entre trato ha recibido numerosas becas de formación artística en instituciones públicas, fundaciones y entidades culturales. Indudablemente estas concesiones se deben a la brillantez que demuestra en todas las creaciones que elabora.

En este apartado, Eduardo destaca el aprendizaje recibido en los cursos impartidos por Antonio López García, uno de los pintores españoles contemporáneos más importantes de los últimos años.

Pero sin duda, una de las experiencias más fructuosas y gratificantes para este pintor isleño, fue su etapa de becario en la “Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores”, sita en Córdoba.

La norma fundamental que rige dicha fundación es la libertad creadora de los jóvenes que ingresan en ella. De hecho, no hay profesores, sino que reciben las visitas de artistas ya consagrados. Uno de los pilares de dicha entidad, estriba en el fomento de la convivencia entre los residentes, en el enriquecimiento de cada uno en su propia disciplina, y con la de los demás.

Por tanto, su paso por la fundación cordobesa, no solo le ha beneficiado en la autoadquisición de conocimientos, sino más bien, en el intercambio de pensamientos interiores, que tanto a sus compañeros, como a él, les invitan a comunicar a través de las diferentes modalidades del arte.

A Eduardo es difícil enmarcarlo dentro de una tendencia artística concreta, ya que es de los que piensa que, el artista, debe encontrarse incómodo con las distintas técnicas que utilice. Solo así, -opina- , el arte es capaz de experimentar su actualización e innovación dentro de la historia. Porque, para él, la vida de un artista, debe ser siempre un continuo aprendizaje.

En el capítulo de reconocimientos, Eduardo cuenta con una extensa lista de galardones, ya merecidos desde el instituto, que en su mayoría son primeros premios. Los certámenes en los ha participado son de ámbito local, provincial y estatal. La Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, o la Universidad de Cádiz, entre otros, han destacado su labor artística en los últimos años.

Su participación en exposiciones, tampoco faltan en su currículum vítae. Para que se hagan una idea, Eduardo expuso, tan solo durante el año pasado, en Jerez de la Frontera, Conil, Algeciras, Gibraltar, La Línea de la Concepción, Elda, Palencia, Sevilla, Sanlúcar de Barrameda y Madrid. Pero, quizás, de todas las muestras realizadas hasta la fecha, creo que a Eduardo le satisfacen especialmente las dos ocasiones que participó en el “ Certamen Internacional de Pintura Focus-Abengoa” , en el Hospital de los Venerables de Sevilla.

A sus 25 años, también conoce la responsabilidad de ser comisario de una ex posición. Concretamente en la de “ Artistas Emergentes Gaditanos”, que contó con el patrocinio de Mapfre y la colaboración de la Fundación Municipal de Cultura de esta ciudad.

Actualmente, además de en el Museo Histórico y Arqueológico de La Isla, y en algunas de las instituciones y entidades mencionadas hasta ahora, pueden disfrutar de sus creaciones en catálogos y en algunos libros de texto, que han tomado su arte como referencia.

A principio de este curso, Eduardo regresó a la capital andaluza para iniciar sus estudios de restauración, de nuevo en la sevillana Facultad de Bellas Artes. Profesionalmente alterna su formación académica con los trabajos para particulares y las exposiciones que se le plantean.

Durante las últimas semanas, nuestro cartelista ha concedido gentilmente varias entrevistas para los medios de comunicación locales. En ellas, Eduardo se reconocía como una persona al margen del mundo cofrade, como si fuese algo que no le pertenece.

Así lo siente él, aunque asegura, que cuando niño, se dormía al son de las marchas procesionales. Es más, perteneció a las filas de la Hermandad Sacramental de Jesús de los Afligidos y María Santísima de la Amargura. Incluso fue aguaor de los pasos del Santo Entierro isleño.

De todos modos, Eduardo, nunca falta a La Isla durante la Semana Santa, ni a sus procesiones. Al contrario, ahora, tras años de formación artística, es capaz de disfrutar con los cortejos por su concepción estética. Y no solo eso, también le gusta observar las sensaciones de las personas que viven desde fuera las salidas penitenciales, estudia los distintos ambientes en que se suceden, y goza con la plasticidad real que denota a su alrededor.

En materia religiosa, tan solo ha realizado trabajos puntuales. Se trata, principalmente, de encargos sobre imágenes sagradas sevillanas o para la Hermandad de la Divina Pastora de Cantillana.

Eso sí, nuestro Consejo de Hermandades y Cofradías tiene a Eduardo muy presente. Así pues, le encomendó los siguientes pergaminos: uno, para mi hermano Juan José Romero Ruiz, como pregonero de nuestra Semana Santa; el otro, para la Hermandad de la Sagrada Oración en el Huerto, por la reciente Coronación Canónica de María Santísima de Gracia y Esperanza.

Hoy, ustedes son testigos del último compromiso adquirido por Eduardo con nuestras Cofradías: el Cartel de la Semana Santa de San Fernando, de este 2007.

Al igual que a su junta permanente, el Presidente del Consejo me citó la tarde navideña en que Eduardo entregó su pintura para ser impresa en papel, y cumplir, así, con el fiel objetivo a la que está destinada.

Una vez reunidos y descubierta la obra, además de los elogios que sinceramente manifestamos a su autor, entre las conversaciones cruzadas, escuché a Eduardo definir las intenciones de su cartel con sobriedad: "He pretendido una visión discreta, inmediata y sencilla". Con creces comete su triple y único propósito.

Evidentemente, la discreción de la pintura reside en la concreción de los elementos. Además de la preceptiva leyenda, dos figuras centran la visión del observador sobre un fondo, sin más pretensiones, que apoyar y realzar el primer plano. Un primer plano que, de forma inmediata, es y será reconocido por todos los que contemplen esta proclama. Y precisamente ahí es donde desarrolla el cartel su sencillez, ya que, sin necesidad de leer “Semana Santa”, el público observador, cofrade o ajeno a nuestra religión, sabrá perfectamente que la llegada del Domingo de Ramos está próxima, que a las calles de San Fernando les esperan siete tardes de procesiones.

Materializadas en pintura, la discreción, la inmediatez, junto a la sencillez, consiguieron el propósito para las que fueron utilizadas: comunicar nuestra semana mayor.

Desde el primer planteamiento, antes de manchar con sus pinceles, Eduardo reconoció el aspecto más añejo y tradicional del entorno cofrade. Al mismo tiempo, quería que su cartel fuera confeccionado mediante los valores del oficio pictórico. Por eso, incluso la leyenda, está rotulada a mano.

Y es que nuestro autor conoce, perfectamente, cuales son los procedimientos, que los talleres artesanales, han mantenido hasta nuestros días.

Desde niño, como referí al principio, Eduardo vio a su abuelo cincelar el metal con la exquisita paciencia y constancia de los orfebres que aman la profesión. A Rafael, su padre, aún lo puede contemplar engarzando piedras preciosas en el quehacer de la joyería y la platería, así como en el negocio de las antigüedades. De ellas, Eduardo confiesa haber adquirido sus primeras nociones artísticas, que sin lugar a dudas, han influido en su contemporánea concepción del arte.

Por todo esto, el cartel está dedicado a Eduardo Martínez Gómez, su abuelo paterno, reconociendo así la labor perdurable de la artesanía y sus maestros. Y redundando en este mismo sentido, desde el aspecto material, el artista ha elegido, como soporte, un lienzo, y una técnica mixta en dos fases: la de manchado, con técnica magra, y los toques de realce, al óleo.

De su paleta ha empleado los tonos cálidos. Busca la atracción visual que desafía al espectador, pero que al mismo tiempo, lo hace partícipe del acontecimiento que ocurre en la escena principal. En todo el conjunto predominan el bermellón y el carmín, para romper con el blanco deslumbrante que procede de una luz vigorosa.

Todo esto que les cuento, para mi desgracia, no lo he deducido por la observancia de la obra. Ante mis escuetos conocimientos sobre pintura, y por el profundo respeto que le tengo al arte, decidí reunirme con Eduardo para que me describiese su cartel de viva voz.

Aproveché una de estas visitas, que de cuando en cuando, realizo a Sevilla. La cita tuvo lugar en la fachada de la Facultad de Bellas Artes y, desde allí, Eduardo y yo nos encaminamos hacia la Iglesia de Santa Catalina, en busca de alguna tasca. Finalmente, el bar elegido fue el de “Los Claveles”, y bajo la majestuosa estampa de Jesús del Gran Poder, que llena todo los rincones de aquel establecimiento, nos sentamos a dialogar sobre su labor en el lienzo.

Debo confesarte, Edu, que, la hora y pico que estuvimos juntos, se me pasó en un salto. ¡Qué gusto da charlar contigo! Y qué interesante tu conversación, porque, como suele suceder en estos casos, no solo hablamos del tema que hoy nos congrega aquí.

En aquel encuentro sevillano, Eduardo me comentaba sobre el arte, personalizándolo en la pintura, que las obras no solo hay que verlas, sino también escucharlas.

A los dos días, recordando la conversación, me percaté, de que aquella tarde en la sede del Consejo, había escuchado un susurro proveniente del cartel. Aunque resulte demasiado romántico, y sin querer rozar la cursilería, les aseguro que oí cómo la pintura me decía una sola palabra: Penitencia.

Mis ojos, fijos en la obra, no escuchaban la algarabía a las puertas de la Jerusalén isleña, ni siquiera las trompetas y tambores de un pretorio enlosado, o los caireles pastoreños de un palio azul jueves santo. ¡Mis ojos solo oían penitencia!.

Magnífica cartelería cofrade ha precedido a la de 2007, que no solo ha proclamado a los isleños su Semana Santa, sino que también, como le ocurrirá a éste en unos días, la anunciará a todo el mundo.

Pero este cartel, queridos hermanos cofrades, tiene otro mensaje que es primitivo y genuino en las asociaciones de fieles que llamamos Hermandades.

El penitente que se vislumbra, al igual que los que vestimos el hábito nazareno y percibimos la mirada del que nos observa en la acera, recibe la influencia de nuestra vista, vivificando así los deseos expresivos de su autor.

La luz de su antifaz resbala hasta apagarse en la túnica, que nos describe la experiencia interior del que la viste. Así pues, el hecho de salir vistiendo el hábito de nuestra cofradía, debe suponer el ejercicio de espiritualidad que la misma representa, la meditación en el Evangelio para la conversión hacía el amor, y el testimonio de fe en los Titulares a los que acompañamos.

De una manera clarividente, el penitente que ahora pasa por delante nuestro, nos está enseñando lo mismo que debemos mostrar en nuestras salidas penitenciales a los que nos contemplan en nuestro procesionar.

Después de haber escuchado con el corazón lo que esta imagen nazarena reclama con astucia cartelera, ahora sí, con los ojos de la vista, observé el farol. Su flamígera llama, en apariencia, alumbra el recorrido del penitente.

La visión incandescente e iluminada del mismo, reclamó a mi memoria la simbología de las celebraciones litúrgicas que nos acercan a Dios desde la comunidad eclesial. De este cirio encendido se desprende una luz renovadora.

La luz fue creada por el Padre eterno, tras el cielo y la tierra, para disipar las tinieblas que cubría la Tierra. Así lo relata el Génesis, y así, reincidiendo en su propiedad de elemento vital, aparecerá en el resto de los libros sagrados anteriores a Cristo.

En cambio, a partir del nuevo testamento, la luz toma otra dimensión mucho más trascendental. El apóstol Juan, al principio de su Evangelio, además de dejar claro que Cristo estaba con Dios y era Dios desde la creación, nos dice: <<En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla.>> (Jn 1, 4-5) .

Más adelante en el texto, es el propio Jesús quien se proclama “la luz del mundo” y nos invita a seguirle, porque de este modo, no andaremos en la oscuridad (Cf. Jn 8, 12) .

De éstas y otras figuras bíblicas se interpreta que, donde reinaba la penumbra, puso Dios su claridad para engendrar la existencia; y que, si la tenebrosidad del pecado llevaba al hombre hasta la muerte, la luz de Jesucristo, el Mesías, otorga a los hijos de Dios nueva vida.

Así pues, nuestra Iglesia, a través de los tiempos, se ha nutrido de los signos pascuales para mostrarnos las primicias del cristianismo. Desde el bautismo somos configurados con Cristo e incorporados a la gloria prometida de la eternidad.

El ritual de este sacramento así lo escenifica cuando, al final de la celebración, se entrega a los padres y padrinos una vela encendida del cirio pascual. Es decir, de la antorcha que, año tras año se consagra en la Vigilia del Sábado Santo para mantener vivo el recuerdo de la Resurrección del Señor.

Y una llama incandescente es la que encontramos ante el penitente que sostiene este farol. Una luz que sobrepasa los límites de la orfebrería que la contiene. El resplandor incide sobremanera en el refulgente antifaz del nazareno, símbolo de su penitencia, impregnándolo de la fe en el Resucitado. Presintiendo ya la vida en Cristo, el penitente, camina tras la lámpara redentora, seguro de ella, y errante en el mundo hacia ella.

De toda esa luz, se aprecia una sombra que oscurece el oculto rostro del nazareno. No porque la fe solo quiera nutrirse de las obras penitenciales, sino, precisamente, porque se vale para crecer de la oración. La túnica penitente es como aquella habitación de la que nos habla el Señor, en la que debemos encerrarnos y orar al Padre que está con nosotros. Porque el Padre, que ve lo que hacemos en secreto, nos dará nuestra recompensa (Cf. Mt 6, 6) .

En resumen, hermanos: Una fe que se sostiene por la penitencia cofrade, manifestada cada Semana Santa, en la humildad nazarena; y una penitencia salvadora en el continuo caminar hacia la fe.

A modo de anécdota, permítanme un par de comentarios finales. Con el primero quiero resaltar que, para considerarse alejado de nuestras cofradías, Eduardo ha sabido concentrar perfectamente la raíz de la Semana Santa en su cartel.

El segundo de ellos viene dado por los colores utilizados para inmortalizar a este penitente. Me consta que ha sido casual, pero como más de uno habrá relacionado, el hábito que contemplamos, podría ser el de la Hermandad de Jesús del Soberano Poder en su Prendimiento, cuya corporación celebra este año sus bodas de plata. Desde aquí mis más sinceras felicitaciones.

Creo, sinceramente, que nos encontramos ante un cartel que dice más de lo que, a simple vista, podemos reconocer. Una proclama que debiera servir, no solo para anunciar este acontecimiento, sino también para entenderlo y ejercitarlo durante los siete días de fe y penitencia que nos esperan a partir del próximo 1 de abril.

Queridos hermanos, el presentador acaba su cometido, no sin antes dedicar unos instantes a los agradecimientos.

El primero de ellos, del que se desprenden los demás, se lo profiero a Dios, nuestro Padre. Él, en su omnipotencia sobre el tiempo y las circunstancias, sobre las personas y sus ideas, quiso que el Consejo de Hermandades y Cofradías eligiera a Eduardo Martínez como el autor de este magnífico cartel; quiso, también, dotar a su autor de la inspiración necesaria para trasmitir, a través de la pintura la que, para mí, es toda una catequesis cofradiera. Edu, muchas gracias por ello.

Asimismo, el Altísimo dispuso que la Junta Permanente me escogiese como presentador, pues sólo él sabe de mis sentimientos hacia el hábito penitente, y sólo él, las ganas que tenía de compartirlos públicamente. Muchísimas gracias, por tanto, al Consejo de Hermandades y Cofradías por su encomienda para conmigo.

 

Ciudadanos de San Fernando: desde hoy, la Semana Santa de 2007, queda anunciada. Vivamos la santa Cuaresma que se avecina, hasta que nuestra semana mayor, sea exaltada por su pregonero, nuestro hermano Arturo Rivera Barrera. Invoco al Santo Espíritu para que le conceda consejo en sus palabras y sepa introducirnos de lleno en el Domingo de Ramos. ¡Qué lo disfrutes, Arturo!.

Y a ustedes, muchas gracias por su asistencia a este acto y buenas noches.

 

Fdo. Juan José Carrera Rojas.

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