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25/12/01 02/02/03 27/06/03 16/10/03        

 

¿Qué mejor manera de presentarme, que haciendo una no muy extensa sobre una leyenda del retrato de la Virgen María? Se trata de una leyenda de la Iglesia primitiva, tal como la recogió y arregló el escritor alemán Agustín Guillermo Schlegel... Como ya antes había dicho Horacio: "A los pintores y poetas siempre se les concedió el cometer toda clase de audacias" y audacia grande del romántico germano fue el recordar a su gusto la bella tradición, no muy fundada, de San Lucas como retratista de la Virgen María.

San Lucas tuvo un sueño. En él oyó estas palabras: "¡Ea, levántate y apresúrate a hacer el más bello de tus retratos! Pintada la Madre de Dios por tu mano, despedirá una sin igual luz de vivos resplandores, a los ojos de todos los cristianos".

Abandona él la casa, se envuelve en su manto y se va con sus colores, su pincel y su paleta. Camina silencioso, luego descubre la casa de María y llama a la puerta en nombre del Señor... se la abre la Virgen, lo recibe bondadosa y le dirige palabras de amistad. Y el pintor le dice:
- Señora, honrad con vuestro favor la pobre inspiración pictórica que Dios me dio... Bendito sería mi arte si me fuera dado pintar vuestro santo rostro...

Ella contestó modestamente:
- A la verdad, cuando vuestra mano pintó la imagen de mi Hijo, tuve una inmensa
alegría, por más cada día Él mismo desde el cielo me sonríe...
- Vos sois- dijo San Lucas- la única que no ve el puro resplandor de la belleza que
brilla en vuestro rostro. Considerad que será muy consolador para los fieles el poder orar delante de vuestra imagen después que hayáis abandonado la tierra. Algún día vuestra gloria será celebrada por todas las lenguas...
- Pues bien, dispuesta estoy...

San Lucas comenzó su tarea. Los atentos ojos del pintor observaban con precisión
todos los rasgos de la cara de la Virgen. Una viva luz llenaba el aposento, los ángeles entraban y salían de él. Algunos de ellos cooperaban a la obra del artista. Uno le presentaba los pinceles, otro le preparaba los colores. Sobre las rodillas de María apareció el Niño Jesús.

Quedó terminado el esbozo. La noche interrumpió el trabajo del pintor. Este dejó su pincel, diciendo:
- No puedo terminar hoy... Volveré cuando la pintura se haya secado...

Pasaron algunos días. San Lucas volvió a llamar a la puerta de la casa, pero la dulce
voz que tan amorosamente le había acogido la primera vez, no le respondía. Le contestó una voz que no era la de María.

La Esposa del Espíritu Santo se había dormido como las flores cuando la noche derrama su Rocío. Asombrado y alegre, San Lucas miró a todas partes, mas sus pupilas alzadas hacia el cielo no pudieron penetrar en él... Temió poner la mano en el cuadro y el retrato quedó inacabado. Pero, aunque incompleto, aquel cuadro hizo la delicia de todos los fieles y despertó piadosos sentimientos en todos los corazones... de las comarcas vecinas y de otras mas lejanas comenzaron a llegar peregrinos para verlo y cuantos lo contemplaron recibían en sus almas inefables bendiciones.

Este cuadro fue copiado mil veces y todos los cristianos pudieron ver las facciones de María tal como San Lucas las había reproducido. Este esbozo debía contentar la piedad y el amor de una larga serie de generaciones...

Pero lo cierto es que Lucas, médico convertido por San Pablo, autor del tercer Evangelio y de los "Hechos de los Apóstoles", es el evangelista que nos ha dejado el relato más completo de la infancia de Jesús y el único que nos ha transmitido el relato de la "Anunciación del Arcángel a María en Nazaret", hecho trascendental del que no hubo testigo humano; lo cual permite suponer que fue la misma Virgen la que le refirió al detalle la celestial embajada.

Es San Lucas el único que nos ha transmitido el cántico del "Magnificat", que parece el himno triunfal de una Reina celestial. En él, sin falsa modestia, María profetizó que "todas las generaciones la llamarían bienaventurada"...

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